Aterosclerosis: qué es, cómo se desarrolla y por qué comprender esta afección puede cambiar tu forma de cuidar el corazón
En Brasil, las enfermedades cardiovasculares son responsables de aproximadamente el 30% de todas las muertes registradas cada año, según la Sociedad Brasileña de Cardiología. Detrás de gran parte de estas muertes se esconde un proceso silencioso que comienza décadas antes de que aparezca el primer síntoma: la acumulación gradual de placas de grasa en las paredes internas de las arterias. Este proceso tiene un nombre, un mecanismo bien descrito por la ciencia y una relación directa con factores que millones de brasileños ya conocen de cerca, como la hipertensión y el colesterol elevado.
El problema es que muchas personas solo oyen hablar de la aterosclerosis cuando ya se enfrentan a una consecuencia grave, como un infarto o un ictus. Hasta ese momento, la enfermedad avanza sin dolor, sin señales visibles y, a menudo, sin que el paciente se dé cuenta de que sus análisis rutinarios ya indicaban un riesgo. ¿Por qué algo tan común y tan peligroso sigue siendo tan poco conocido fuera de las consultas médicas?
Este artículo explica qué es la aterosclerosis, cómo se forma en el interior de las arterias, qué factores aceleran su progresión y de qué manera está relacionada con los episodios cardiovasculares más temidos. Más allá de traducir la terminología médica, el objetivo es ofrecer una guía clara para que comprendas lo que está ocurriendo en tu cuerpo y qué puedes hacer, en tu día a día, para reducir ese riesgo.
¿Qué es la aterosclerosis y cómo se desarrolla?
La aterosclerosis es una enfermedad crónica y progresiva en la que se acumulan placas de grasa, calcio y otras sustancias en la pared interna de las arterias, lo que hace que estos vasos se estrechen y se vuelvan más rígidos con el paso del tiempo. El resultado es una reducción del flujo sanguíneo que llega a los órganos, incluidos el corazón y el cerebro.
El proceso comienza con una disfunción del endotelio, la capa más interna de la arteria, asociada a la acumulación de colesterol en la pared del vaso. Esta disfunción se ve favorecida por factores como la hipertensión arterial, el exceso de colesterol LDL en sangre, el tabaquismo o los niveles elevados de glucosa. En este contexto, las partículas de LDL atraviesan el endotelio mediante un proceso denominado transcitosis y quedan retenidas en la capa íntima de la arteria, donde desencadenan una respuesta inflamatoria local.
Las células del sistema inmunitario, denominadas macrófagos, captan este LDL modificado, como el LDL oxidado, a través de receptores específicos. La acumulación de lípidos en estas células da lugar a la formación de las llamadas células espumosas, que contribuyen al desarrollo de la estría grasa y, posteriormente, de la placa aterosclerótica. Con el tiempo, estas estrías evolucionan hacia placas más complejas, compuestas por grasa, tejido fibroso y depósitos de calcio.
Este proceso no se produce de la noche a la mañana. Los estudios de autopsias ya han identificado estrías de grasa en las arterias de adolescentes y adultos jóvenes, mucho antes de que aparezca ningún síntoma. La aterosclerosis puede tardar décadas en provocar síntomas perceptibles, lo que explica por qué muchas personas solo descubren la enfermedad en una situación de urgencia.
El colesterol LDL, la hipertensión y otros factores que aceleran el proceso
Aunque la aterosclerosis es un proceso lento, hay ciertos factores que actúan como aceleradores. Cuantos más de ellos estén presentes al mismo tiempo, mayor será la velocidad a la que se acumula la placa y antes podrán aparecer los síntomas.
Colesterol LDL elevado
El colesterol LDL se conoce a menudo como “colesterol malo” porque, en exceso, se deposita en las paredes de las arterias y favorece directamente la formación de placas. Mantener el LDL dentro de los valores recomendados por el médico es una medida importante y eficaz para frenar la aterosclerosis.
Hipertensión arterial
La hipertensión ejerce una fuerza excesiva sobre las paredes de los vasos sanguíneos, lo que provoca microlesiones en el endotelio. Estas lesiones facilitan la entrada de colesterol y el inicio del proceso inflamatorio. Las personas que padecen hipertensión y colesterol alto al mismo tiempo presentan un riesgo cardiovascular mayor que el asociado de forma aislada a cada uno de estos factores.
Otros factores relevantes
- Tabaquismo: las sustancias del cigarrillo dañan el endotelio, reducen el colesterol HDL (el colesterol “bueno”) y favorecen la formación de coágulos.
- Diabetes y resistencia a la insulina: los niveles elevados de glucosa en sangre aceleran la inflamación vascular y hacen que las placas sean más inestables.
- Sedentarismo: la falta de actividad física regular se asocia a peores perfiles de colesterol, mayor resistencia a la insulina y aumento de la presión arterial.
- Obesidad abdominal: la acumulación de grasa visceral libera sustancias inflamatorias que contribuyen a la progresión de las placas.
- Antecedentes familiares: tener familiares de primer grado que hayan sufrido episodios cardiovasculares a una edad temprana aumenta el riesgo, incluso cuando los demás factores están controlados.
- Edad y sexo: el riesgo aumenta con la edad. Los hombres tienden a desarrollar aterosclerosis a una edad más temprana, mientras que en las mujeres el riesgo aumenta significativamente tras la menopausia.
Cabe destacar que estos factores rara vez se presentan de forma aislada. La combinación de hipertensión, colesterol elevado y niveles alterados de glucosa en un mismo análisis constituye lo que se conoce como síndrome metabólico, una afección que aumenta considerablemente el riesgo cardiovascular.
¿Cuál es la relación entre la aterosclerosis, el infarto y el ictus?
La aterosclerosis es el mecanismo que relaciona factores de riesgo aparentemente distintos con episodios cardiovasculares graves. Entender esta relación ayuda a comprender por qué el médico insiste en controlar la tensión arterial y el colesterol, incluso cuando el paciente se encuentra bien.
Cómo provoca la aterosclerosis un infarto
Cuando una placa de grasa se rompe en una arteria coronaria (las arterias que irrigan el músculo cardíaco), el organismo reacciona activando las plaquetas y los mecanismos de coagulación, lo que provoca la formación de un coágulo en el lugar de la rotura. Si ese coágulo es lo suficientemente grande como para bloquear por completo el flujo sanguíneo, la región del corazón que dependía de esa arteria deja de recibir oxígeno. Esto es lo que se conoce como infarto agudo de miocardio.
Cómo provoca la aterosclerosis un ictus
El mismo mecanismo puede producirse en las arterias que llevan sangre al cerebro. Una placa puede romperse y provocar la formación de un coágulo que obstruya el flujo sanguíneo cerebral, causando un ictus isquémico. En otros casos, se desprenden fragmentos de la placa y viajan por el torrente sanguíneo hasta bloquear un vaso más pequeño del cerebro.
El concepto de placa vulnerable
No todas las placas ateroscleróticas presentan el mismo riesgo. Las placas con una capa fibrosa delgada y un núcleo rico en grasa se consideran vulnerables, o inestables, porque tienen mayor propensión a romperse. Esto ayuda a explicar por qué el grado de obstrucción del vaso, por sí solo, no determina el riesgo que presenta la placa. Incluso una placa que provoca una obstrucción menor puede ser más peligrosa que una placa más obstructiva si presenta características de vulnerabilidad.
Parte de los infartos se deben, precisamente, a placas que aún no estrechan demasiado la arteria. Por eso, el control de los factores de riesgo cardiovascular es importante no solo para frenar la progresión de la placa, sino también para reducir el riesgo asociado a su vulnerabilidad.
Señales de alerta a las que hay que prestar atención antes de que el problema empeore
La aterosclerosis en sus primeras fases no suele presentar síntomas. Los signos suelen aparecer cuando el estrechamiento de la arteria ya afecta de forma significativa al flujo sanguíneo o cuando se rompe una placa.
Los síntomas varían en función de la localización de las arterias afectadas:
- Arterias coronarias (corazón): dolor o opresión en el pecho durante el esfuerzo físico o el estrés emocional, dificultad para respirar desproporcionada respecto al esfuerzo, cansancio persistente sin causa aparente.
- Arterias carótidas (cerebro): debilidad o entumecimiento repentino en un lado del cuerpo, dificultad para hablar, pérdida temporal de la visión en un ojo.
- Arterias periféricas (piernas): dolor en las piernas al caminar que mejora con el reposo (claudicación intermitente), llagas en los pies que tardan en curarse.
Estas señales no deben ignorarse ni atribuirse únicamente al envejecimiento. Cualquier síntoma nuevo que implique dolor en el pecho, pérdida de fuerza en un lado del cuerpo o dificultad respiratoria repentina requiere una evaluación médica inmediata.
Para quienes ya padecen hipertensión o colesterol alto, la ausencia de síntomas no significa que no haya riesgo. Las pruebas rutinarias solicitadas por el cardiólogo, como el perfil lipídico, la glucemia y, en algunos casos, las pruebas de imagen vascular, pueden ayudar a detectar la aterosclerosis antes de que provoque manifestaciones clínicas, lo que contribuye a la evaluación del riesgo cardiovascular.
¿Qué puedes hacer en tu día a día para frenar la progresión?
La aterosclerosis no tiene cura, pero su avance puede ralentizarse y, en algunos casos, estabilizarse parcialmente. Las medidas más eficaces combinan cambios en los hábitos con un seguimiento médico regular.
Alimentación
Dar prioridad a las frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, pescado y aceite de oliva. Reducir el consumo de grasas saturadas, grasas trans, alimentos ultraprocesados y el exceso de sal. Este patrón alimentario, similar a la dieta mediterránea, se asocia a una menor inflamación vascular y a un mejor perfil de colesterol.
Actividad física
La recomendación general es realizar al menos 150 minutos a la semana de actividad aeróbica moderada, como caminar a paso ligero, nadar o montar en bicicleta. La práctica regular mejora el colesterol HDL, reduce la presión arterial, ayuda a controlar el peso y disminuye la resistencia a la insulina. En el caso de las personas con enfermedades cardíacas ya diagnosticadas, el tipo y la intensidad del ejercicio deben determinarse con el médico.
Control del tabaquismo
Dejar de fumar es una de las medidas que más influye en la salud vascular. Los beneficios comienzan a notarse ya en las primeras semanas tras dejar de fumar: la presión arterial desciende, el colesterol HDL empieza a aumentar y la función endotelial mejora progresivamente.
Adherencia al tratamiento farmacológico
Los medicamentos para controlar la presión arterial, las estatinas para reducir el colesterol y los antidiabéticos orales se recetan en función del perfil de riesgo individual. Interrumpir el tratamiento o ajustar la dosis por cuenta propia puede comprometer todo el esfuerzo de prevención. Consulte con su médico cualquier duda o efecto secundario antes de modificar el tratamiento.
Seguimiento periódico
Mantener al día las consultas y las pruebas permite al médico hacer un seguimiento de la evolución de los factores de riesgo y ajustar la estrategia de atención. La presión arterial, el perfil lipídico, la glucemia y, cuando esté indicado, pruebas como la puntuación de calcio coronario ayudan a evaluar el grado de avance de la aterosclerosis.

Preguntas frecuentes sobre la aterosclerosis
¿Se puede curar la aterosclerosis?
No existe una cura definitiva, pero es posible ralentizar considerablemente la progresión de la enfermedad y estabilizar las placas mediante el control de los factores de riesgo, cambios en el estilo de vida y el uso adecuado de los medicamentos recetados por el médico.
¿La aterosclerosis es lo mismo que la arteriosclerosis?
No exactamente. La arteriosclerosis es un término más amplio que se refiere al endurecimiento de las arterias por cualquier causa. La aterosclerosis es un tipo específico de arteriosclerosis, causada por la acumulación de placas de grasa. En la práctica clínica, el término «aterosclerosis» es el más utilizado para describir la obstrucción de las arterias por placas de grasa.
¿Es posible padecer aterosclerosis sin tener el colesterol alto?
Sí. Aunque el colesterol LDL elevado es uno de los principales factores, la aterosclerosis también se ve favorecida por la inflamación, la hipertensión, la diabetes, el tabaquismo y otros factores. Una persona con niveles de colesterol dentro de los límites normales puede desarrollar esta enfermedad si presenta otros factores de riesgo.
¿A partir de qué edad debo preocuparme por la aterosclerosis?
El proceso puede comenzar ya en la juventud, pero el riesgo de sufrir episodios clínicos aumenta a partir de los 40 o 50 años. En el caso de quienes presentan factores de riesgo como hipertensión, colesterol alto, diabetes o antecedentes familiares de enfermedad cardiovascular precoz, el seguimiento debe comenzar antes, según las indicaciones médicas.
¿Qué pruebas permiten detectar la aterosclerosis?
El perfil lipídico y la glucemia permiten evaluar los factores de riesgo. Las pruebas de imagen, como la puntuación de calcio coronario, la ecografía de las carótidas y la angiotomografía, pueden identificar la presencia y la extensión de las placas. El médico determina qué pruebas están indicadas en función del perfil de riesgo de cada paciente.
¿Cuándo debo hablar con mi médico sobre la aterosclerosis?
Si padeces hipertensión, colesterol alto o diabetes, o si tienes antecedentes familiares de infarto de miocardio o ictus, este tema ya debería formar parte de tus consultas médicas. No esperes a que aparezcan los síntomas. Pregunta a tu médico sobre tu riesgo cardiovascular y sobre la necesidad de realizar pruebas complementarias.
Comprender la aterosclerosis es el primer paso para actuar antes de que se convierta en una emergencia. Si quieres profundizar en este tema, echa también un vistazo a nuestros artículos sobre el colesterol HDL y LDL, el sedentarismo y el riesgo cardiovascular, y cómo funciona el sistema cardiovascular.
Fuentes consultadas
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